lunes, 20 de octubre de 2014

Sobre qué es el agua y qué es una estantigua

Dí hace poco con un libro de Cabrera Infante llamado Mapa dibujado por un espía. Allí su autor cuenta las circunstancias de su regreso a Cuba desde Bélgica, donde estaba destinado con un cargo diplomático, a raíz de la muerte de su madre. En el pasaje que transcribo aquí aparece una palabra cuyo significado desconocía:

Antes de dormirse tuvo una visión de su madre, subiendo la escalera de la casa de Kraainem, en Bélgica, dirigiéndose de la sala del primer piso a los dormitorios del segundo piso. Se preguntó por qué lo asaltaba esta visión tan precisa y a la vez tan perturbadora como una estantigua.

Confieso que no tenía ni idea de que podía ser una estantigua. No me sonaba a nada perturbador, por cierto, y sus posibles raíces (¿antigua?, ¿stare?) no sugerían nada plausible. Aplicando un método casero, comprobé en el buscador que se trata de una palabra rara; sólo aparece 22.700 veces –compárese por ejemplo con otra palabra bastante rara, hiemal (invernal), que aparece 65.800, o crural (relativo a la pierna), con 440.000. Nada es tan intrigante como una palabra nueva del propio idioma hallada a cierta edad: ¿dónde estaba metida? ¿cómo no la encontré antes?

Al acudir al DRAE no esperaba ser ilustrado de manera exhaustiva, pero sí al menos entender lo básico: significado y origen. Y si bien es cierto que el diccionario nos da la etimología, cosa que no es habitual, su información nos deja más intrigados que antes:

estantigua.
(Contracc. de huest antigua).
1. f. Procesión de fantasmas, o fantasma que se ofrece a la vista por la noche, causando pavor y espanto.
2. f. coloq. Persona muy alta y seca, mal vestida.

El significado es tan curioso –procesión de fantasmas– que hace imprescindible una aclaración sobre el origen. La etimología ofrecida no ayuda en nada, al menos a mí: huest antigua: ¿una hueste, un ejército? ¿un ejército antiguo? 

Quizás los técnicos de la RAE deberían aplicar una regla práctica según la cual la extensión de las explicaciones fuera inversamente proporcional a la frecuencia del término definido. Por ejemplo, a mí no me molestaría que la definición de agua fuera un escueto H2O; sin embargo, los académicos quieren asegurarse de que lo entendamos:

agua.
(Del lat. aqua).
1. f. Sustancia cuyas moléculas están formadas por la combinación de un átomo de oxígeno y dos de hidrógeno, líquida, inodora, insípida e incolora. Es el componente más abundante de la superficie terrestre y, más o menos puro, forma la lluvia, las fuentes, los ríos y los mares; es parte constituyente de todos los organismos vivos y aparece en compuestos naturales.

Los usuarios del español y de cualquier otro idioma tienen bastante idea de qué es el agua, y si no, al menos saben dónde pueden buscar si quieren conocer más sobre ella, de modo que casi cualquier cosa que se diga acerca de esta sustancia es un poco superflua en el marco de un diccionario como el DRAE. Lo que la mayoría de los usuarios del español sí necesitamos es que nuestros guardianes del idioma nos cuenten con un poco más de ganas qué caracoles es una estantigua, o cualquier otra cosa designada por una palabra rara e interesante que pueda esconderse en los rincones de nuestro universo literario.

El motivo de esta entrada era básicamente mostrar la falta de criterio de la RAE para tratar los distintos vocablos. Pero no quiero dejar en ascuas a mis escasos y, precisamente por ello, muy estimados lectores. Afortunadamente la red nos permite a veces superar las decepciones que nos ocasiona la Academia poniendo a nuestra disposición la información necesaria. He aquí lo que dice sobre el asunto el antropólogo José Manuel Gómez-Tabanera en su artículo  “Estantigua, hostis, antiqua, huestia, güestia y... hostia” (En, La Asturias que conoció George Borrow. «Arquivum», s/n, Oviedo, 1974) refiriéndose a:

…esa extraña creencia asturiana que se materializa en la Huestia, manifestación fantasmal, —Güestia en patois astur; estantigua, en román paladino. Hay más nombres para esta creencia, que más al N.W. así en Galicia y Portugal se materializa en la denominada Santa Compañía, al aludir bajo dicho nombre a una procesión de fantasmas muertos o ánimas en pena, que se presentan ante el mortal de turno, con distintos fines, desde el recordarle una promesa, pedirle que les tenga presentes en su misma existencia, o, incluso, anunciarle en macabra premonición su misma muerte. http://www.unioviedo.net/reunido/index.php/RFF/article/viewFile/2018/1889

Aunque el artículo versa sobre el tema antropológico (la creencia), nos aclara el problema léxico:

¿Hueste? También las Autoridades utilizan tal voz, aunque quizá con un significado distinto, en el sentido de «indessable», diablo o la misma muerte. Tempranamente incluso surgiría Huestia, que se transformó en Asturias en Güestia. La derivación está clara: de la voz latina hostis que significa enemigo, y que por extensión se utilizó antaño para nominar al diablo, «hostis antiquus generis humani», enemigo antiguo del género humano.

Ahora se entiende mejor la ambigüedad: por un lado se habla del enemigo en sentido bélico usando la palabra en singular para designar una realidad plural, pero por otro lado, en el uso tradicional religioso, el enemigo por antonomasia es el diablo. De allí la superposición de los dos temas en la voz hueste, el carácter colectivo de la aparición y su naturaleza maligna. 

Por supuesto, esto son siempre conjeturas más o menos fundadas y los estudiosos podrían dedicar seminarios, jornadas y cátedras al problema, pero al menos los meros hablantes nos hacemos una idea de por dónde va la cosa. Estoy seguro de que la Academia cuenta con especialistas capaces de decir esto mejor y en aproximadamente la misma cantidad de palabras que dedican a la voz agua.



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miércoles, 10 de septiembre de 2014

Lectura normal



La verdad es que no existe una pauta general para leer, como no la tenemos tampoco para ver películas o contemplar obras de arte. ¿Cuántas veces hay que ver una película? A primera vista puede parecer absurdo hacerlo más de una vez, lo cual en muchos casos es cierto, pero ver ciertas películas varias veces es algo que no sólo es sensato sino que parece incluso necesario. La intuición corriente es que si uno ha visto la película prestando atención, en las siguientes ocasiones no verá nada nuevo, la experiencia será la misma. La película es ofrecida de una manera standard para ser contemplada de una manera standard: tiene una duración de dos horas y no hay repeticiones, y usted no toma notas ni hay pausas para debatir. Hoy podemos ver la película en DVD y repetir escenas o parar para consultar datos en el IMDb o en Wikipedia, pero esto no representa una nueva forma de verla, sino sólo el uso de algunas comodidades que ayudan al espectador distraído o desinformado que no es capaz de recibir el “mensaje” de la manera “prevista”. 

Hay que hacer una advertencia. Al sugerir que no hay una lectura standard no estoy pensando en el hecho de que el receptor de una obra puede hacer con ella lo que quiera. Obviamente, usted puede leer Guerra y Paz con las instrucciones de Rayuela, o usar la Crítica de la razón pura para mantener abierta una ventana; nadie se lo impide, y en muchos casos estas recepciones darán mayor sentido y utilidad a la obra que el que nosotros o cualquiera le hubiéramos dado ateniéndonos al uso regular. Lo que digo es que lo que el autor nos ofrece, normalmente, es un trabajo a medias y nuestra labor de lectura (ateniéndonos al texto y sin hacer experimentos) lo que intenta es vislumbrar una forma de terminarlo.


sábado, 19 de julio de 2014

Moratón/Moretón

Nunca había escuchado la palabra 'moratón' hasta llegar a España. En Argentina se dice 'moretón' y en Venezuela 'morado'. En América conocemos, pero no usamos, la palabra 'cardenal', que sería lo que el hispanista Günther Haensch llamaría un 'peninsularismo'. 
moratón.
1. m. coloq. cardenal
Veamos la referencia.
cardenal2.
(De cárdeno).
1. m. Mancha amoratada, negruzca o amarillenta de la piel a consecuencia de un golpe u otra causa.
¿Hallaremos 'moretón'?
moretón.
1. m. coloq. Moradura de la piel.
¿Moradura? ¿Qué es eso?
moradura.
(De morado y -ura).
1. f. cardenal
Se cierra el círculo y gracias a la extraordinaria economía de recursos del DRAE ganamos un poco más de claridad en el uso de nuestro idioma.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Escritores disfuncionales

Buscando materiales para este blog tropecé con un trabajo que me llamó la atención por contener el siguiente párrafo (el subrayado es mío):

En la actualidad, y desde el registro estándar, asimilado a la norma de cultura, la lengua que fluye de la pluma de los Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa, Miguel Ángel Asturias, Neruda, Borges, Octavio Paz, etc., salvo en el léxico, tratamientos pronominales, no presenta graves disfunciones respecto de la que fluye de la pluma de los Cela, Delibes, Alberti, García Lorca, Blas de Otero, A. Zamora, F. Umbral, etc. El sistema lingüístico del español sirve de cauce de expresión y de comunicación, es plenamente válido para comunicarse, desde la norma culta, tanto a españoles como a hispanoamericanos sin esfuerzo alguno. (Sánchez Lobato, El español en América, Centro Virtual Cervantes.)

El castellano de los autores hispanoamericanos mencionados, según esto, es disfuncional, pero no de manera grave (salvo en el léxico). Si lo que quiso decir el autor es que “no presenta diferencias importantes”, lo dijo tan mal que no cabe duda de que el único castellano disfuncional aquí es el suyo. Y si lo que quiso decir fue eso, se trataría de una tesis tan arriesgada que uno esperaría que se dedicara el resto del artículo a probarla. Su lectura resulta reveladora.

Empieza con un maravilloso ejemplo de cómo se puede decir algo muy sencillo (esto es, que los filólogos suelen llamar ‘español de América’ o ‘español atlántico’ al español hispanoamericano) de una manera apenas inteligible:

Es habitual entre filólogos denominar «español de América» o «español atlántico» a la lengua española que, por razones históricas, geográficas y culturales, se asentó en los territorios americanos de las colonias para diferenciarla, por las causas antes aludidas, del español de la metrópoli antaño, del español peninsular en la actualidad, sobre todo a partir de su independencia de España y de su proclamación como Estados soberanos.

¿Cuáles son las causas aludidas? ¿Las razones históricas, geográficas y culturales? No ha aportado ninguna, de modo que no hay alusión posible. Sigamos.

En el siguiente párrafo nos informa:

La coiné que representa en el momento presente la lengua española como sistema puede ser estudiada y analizada tanto desde la perspectiva diastrática como desde la perspectiva diatópica en ambos mundos, sin que por ello encontremos sistemas de comunicación diferentes. Se trata del mismo sistema de comunicación, en especial, en la manifestación escrita del lenguaje. «(...) Ninguna lengua viva y usada por los hombres permanece inalterada a través de los siglos, ni siquiera de los años. Esencial es al lenguaje para vivir el cambiar; el cambiar es constitutivo de su funcionamiento, como instrumento que es a la vez de comunicación social y de expresión individual».

Esta acumulación de palabras nos dice fundamentalmente que, a pesar de las diferencias, hablamos el mismo idioma. Lo gracioso es que la cita que se aporta no sostiene eso, sino lo contrario, pues sólo habla del cambio y evolución de la lengua. Aplicando el principio de caridad deberíamos presuponer que entre ambas partes del párrafo falta algo como “es la misma, pero evoluciona y cambia”, o “es la misma, a pesar de que evoluciona y cambia, pues, ‘Ninguna lengua, etc…” A continuación, después de precisar el número de repúblicas americanas que hablan español (nombrándolas una por una), un párrafo lírico:

Podemos afirmar que la pujanza del español como sistema de comunicación se halla en el continente americano si atendemos principalmente a su realidad demográfica. En la actualidad, son más de trescientos millones de personas las que se sirven del español en América para cifrar y descifrar el mundo que les ha tocado vivir, para soñar, reír y llorar en el día a día; para amar y morir entre quienes les han visto nacer y crecer. En definitiva, el peso del español en el mundo se ha trasladado del país que lo acunó —España— a los diferentes países americanos que lo eligieron como idioma nacional definitivamente unido al grito de independencia.

El problema principal de este pasaje no es el estilo, sino el hecho de no decir absolutamente nada. En este punto (¡la primera página!) ya se sospecha que la cosa no va a mejorar y se lee velozmente. Copio y pego destacando las cosas notables:

La lengua española, en su vasta geografía actual, presenta diversos tonos, diferentes acentos, unos más acentuados que otros —cierto es—, pero todos los hablantes de español —no importa su origen—, absolutamente todos, cantamos la misma canción.

En el mundo de habla hispana las nacionalidades, con sus peculiaridades culturales, sociales e históricas, ofrecen plurales hábitos lingüísticos entre sí, variedad de tonos y de acentos, pero siempre desde la misma melodía. En la sinfonía de lo hispánico tienen cabida múltiples notas. Somos capaces de reconocernos y de comprendernos allá donde nos encontremos. [segunda página; estos dos párrafos son consecutivos a pesar de que hablan de lo mismo]

La expresión español de América agrupa matices muy diversos: no es igual el habla cubana que la argentina, ni la de un mejicano a la de un chileno... Pero, aunque no exista uniformidad lingüística en Hispanoamérica (debido, sobre todo, al sustrato indígena que los españoles encontraron: quechua, náhuatl, guaraní...), la impresión de comunidad general no está injustificada: sus variedades lingüísticas (aquellas que se separan de la norma culta) tanto desde la perspectiva diastrática (variables socioculturales) como desde la perspectiva diatópica (variantes geográficas y dialectales) son menos discordantes entre sí que los dialectalismos peninsulares, y poseen, por motivos obvios, menor arraigo histórico en Hispanoamérica.

Este último pasaje (tercera página) no puede pasarse por alto. Aparte de lo altamente discutible que resulta achacar mayormente las diferencias de nuestro español a las lenguas indígenas, dos cosas. Una: ¿hay menos diferencias entre el habla de un argentino y el habla de un cubano que entre el habla de un sevillano y la de un leonés? Sospecho que los diccionarios de argentinismos o de cubanismos deben ser mucho más voluminosos que diccionarios de usos sevillanos o leoneses (y no tendrán muchos usos comunes, del tipo que en el DRAE se marcarían como Arg., Cuba). A menos que nuestro autor esté pensando en el catalán o el euskera como lenguas dialectales, lo cual sería sorprendente, si aún cabe. Dos: ¿qué dice la larguísima segunda oración? Léase después de los dos puntos quitando el enorme inciso y se obtiene: “sus variedades lingüísticas [las de Hispanoamérica] (…) son menos discordantes entre sí que los dialectalismos peninsulares, y poseen, por motivos obvios, menor arraigo histórico en Hispanoamérica. No hay forma de reconstruir la oración para que tenga sentido.

Al hablar del español en América estamos hablando de una lengua de comunicación —como ya se ha señalado— que aglutina a veinte naciones independientes. [en realidad, lo que se había señalado era que el español se habla en 18 repúblicas independientes, más los casos particulares de Puerto Rico y la comunidad hispanohablante de Estados Unidos.]

Bien, yo comento el artículo de un importante académico (del IC, por cierto) sin ser más que un aficionado un poco afectado por aquello de nuestros escritores levemente disfuncionales. En mi irritación seguramente he entendido todo mal y no sé lo que estoy diciendo, pues el artículo de dieciocho páginas tiene SEIS (!!) de bibliografía. Pero, después de todo, la relación que tenemos los hablantes del español con nuestros filólogos es análoga a la de un alumno con su maestro y nos autoriza a interrumpirlo con un “perdón, profesor, ¿cómo dijo?”. 

Para quienes quieran seguir leyendo: http://cvc.cervantes.es/ensenanza/biblioteca_ele/asele/pdf/04/04_0553.pdf